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Crucifixión de Jesús

En la época de Cristo, los reos y delincuentes eran condenados a distintas modalidades de castigo, entre las que se encontraba la crucifixión, es decir, la muerte en cruz. Dicho método, servía, no sólo de castigo a los culpables, sino también a los inocentes, además de servirle al pueblo como escarmiento y como manera de no imitar los comportamientos impropios.

El procedimiento consistía en que el acusado cargara su propia cruz por un camino que conducía al lugar de su ejecución. Una vez allí, se le ofrecía un cuenco medicinal que contenía vinagre con hiel, cuyo objetivo era calmar el dolor, producto del mismo proceso de crucifixión. Luego, se procedía a clavar los clavos en manos y pies; y cuando se observaba que el reo estaba próximo a morir, se le quebraban las piernas para acelerar el Calvario.

Juicio, condena y cruz de Salvación de Cristo

Jesucristo fue apresado en el Getsemaní y desde allí fue conducido ante Poncio Pilato, quien prefirió enviarlo ante Herodes con tal de no cargar en su conciencia ser responsable por una muerte inocente.

Herodes lo devolvió a Pilatos, quien seguía queriéndose lavar las manos, pero aún así lo azotaron antes de sentenciarlo. El objetivo de golpearlo, además de cumplir con las Escrituras, era generar una cierta piedad en el pueblo, de manera que tal vez viéndolo desmejorado, quisieran que lo dejara en libertad. Pero no, Jesucristo fue acusado de blasfemia y sostenía, enmarcado por una corona de espinas y una túnica similar a la de un Rey, que él era el Rey de los Judíos, sólo por ser Hijo de Dios.

Cristo fue clavado en la cruz, entre dos criminales, y evitó el cuenco de la preparación de vinagre y hiel que aliviaba los dolores. Cristo cumplió las Escrituras hasta el último momento, ya que no hizo falta romperle las piernas, debido a que su rápida muerte sorprendió al pelotón de soldados y al Centurión.

“Padre, perdónalos, no saben lo que hacen” fue una de sus últimas frases, acompañada de su perdón infinito hacia los pecadores: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, dijo cuando uno de los dos criminales puso en duda que él era el Hijo de Dios. Sin duda, la frase más dolorosa de aquel momento fue “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, justo a las tres de la tarde, en que su gran cansancio dijo basta.

La soledad que acompañó a Cristo durante su peor momento como humano, nos recuerda cuán egoístas y traicioneros somos como sus discípulos. El sacrificio de la crucifixión de Cristo nos muestra el amor más perfecto de Dios, que fue capaz de entregar a su único hijo con tal de salvarnos del pecado original; y nosotros no somos capaces, como hijos de Dios, de acompañar a Jesús en su sufrimiento, así como tampoco de valorar el gran gesto de amor.

Estamos llamados a darnos cuenta, a salvarnos arrodillándonos ante la Cruz, siendo testigos y partícipes del amor perfecto de Dios por cada uno de los hombres que habita esta tierra.